SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (VIII)

“El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

Publicado el Sábado, 16 de Enero de 2021.
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                                  SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ

                                               Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                                         Profesor de Derecho civil U. de Chile  

                                                              

                                                                  (VIII)

“Por aquél entonces, en la tertulia de su colega, el ministro de Colombia, don Francisco Antonio Zea, a la que concurrían algunos americanos de nota, cultivará la amistad de un hombre que será decisivo en su vida, el polémico guatemalteco-chileno Antonio José de Irisarri, Ministro Plenipotenciario de la Legación de Chile en Londres, que había dejado tras de sí una turbulenta estela de actuaciones políticas.

 

Aunque de caracteres muy disímiles, pues el centroamericano era ostentoso y amigo de las aventuras, los unía su dedicación a la literatura, el ejercicio del periodismo y su erudición. En varias oportunidades, visitaron juntos el Museo Británico.

 

Irisarri, cinco años menor que Bello, aparece en los albores de nuestra independencia, formando parte de la familia Larraín, llamada también “los ochocientos”. Había destacado por sus artículos incisivos y revolucionarios publicados en la “Aurora de Chile”. Hacia 1813, en las columnas de “El Monitor” y de “El Semanario”, preconizaba el ideal de la independencia absoluta.

 

En los momentos cruciales de la Patria Vieja, tras la derrota de Talca, el Cabildo de Santiago, el 7 de marzo de 1814, a instancias de Irisarri, nombra como Director Supremo a Francisco de la Lastra, a la sazón gobernador de Valparaíso, asumiendo en el intertanto dichas funciones el propio Irisarri. Luego, a petición de Lastra, Irisarri sería designado gobernador-intendente de Santiago. Después, al precipitarse el enfrentamiento entre San Martín y los Carrera, tomaría partido por el primero. Luego, durante la Patria Nueva, sería nombrado ministro del interior. Pero pasaría a la Historia, por el empréstito contratado para el Estado chileno, con la Casa Hullet, de Londres, contraído el 26 de agosto de 1819, por un millón de libras. Las condiciones eran leoninas, pues Chile reconocería 100 libras por cada 50 que recibiese.

 

Como era de esperar, tales condiciones suscitaron honda indignación en Chile, ordenando O’Higgins a Irisarri suspender las negociaciones. Irisarri no obedeció, y contrató el empréstito. Como señala Encina, todo hace suponer que Irisarri esperaba con avidez la respectiva comisión. Pero en política, hoy como ayer, se han visto cadáveres vivientes. Años después, en 1837, Irisarri sería incorporado, en calidad de asesor de Blanco Encalada, en la desastrosa expedición al Perú, que culminaría con el vergonzante Tratado de Paucarpata. La “tornadiza opinión había olvidado ya sus manejos en el asunto del empréstito inglés”. El tratado fue repudiado con virulencia en Chile, ordenándosele a Irisarri regresar a Chile, para rendir cuentas. Como se negare a hacerlo, fue condenado a muerte in absentia.

 

Pero en la época en que Bello le conoce, su estrella estaba lejos de eclipsarse. Irisarri encomendaría entonces a Bello, el primer servicio que el segundo prestaría a Chile, a saber, informar acerca de la conveniencia de instaurar en nuestro país, el sistema lancasteriano de educación, que O’Higgins conociera durante su estancia en Inglaterra. Bello lo estudió y desaconsejó adoptarlo, pero increíblemente, Irisarri lo desoyó y encomendó al gobierno chileno instaurarlo.

 

En marzo de 1821, Bello había solicitado a Irisarri un puesto en la Legación chilena, con el propósito de obtener así un ingreso estable. En junio del año 1822, Bello asume como secretario interino del Ministro de Chile, en reemplazo de Francisco Rivas, que había partido a Venezuela en uso de licencia. En febrero de 1824, Bello contrae matrimonio con Isabel Antonia Dunn. Tres hijos nacerían en Londres: el segundo Juan, Andrés y Ana. Ese mismo año, en mayo, Mariano Egaña, por decreto de Ramón Freire, nuevo Director Supremo de Chile tras la caída de O’Higgins, recibe poderes de Ministro Plenipotenciario ante los Gobiernos de Gran Bretaña, Francia, Austria, Rusia, España y los Países Bajos.

 

Junto a Egaña, se nombra a Miguel de la Barra como secretario de la Legación en Londres. Egaña venía prevenido contra Irisarri, a consecuencia de sus manejos en la contratación del empréstito con la Casa Hullet. Egaña –escribe Joaquín Edwards-, creyó inicialmente que Bello, en su condición de secretario de Irisarri, “sería un solapado cómplice de éste. Ninguno de los dos era chileno. Irisarri guatemalteco y Bello venezolano. ¡Bonito pastel! Poco a poco Egaña fue descubriendo la pasta verdadera de Bello y comenzó la estimación mutua que duraría hasta la muerte.”

 

¿Cómo era aquél Londres que acogió a Bello y a tantos otros americanos y europeos que huían del continente convulsionado primero por la revolución francesa y después por las guerras napoleónicas y la represión desatada con la restauración borbónica en España? Joaquín Edwards hace una colorida descripción: “Imaginemos a ese Londres regido por una Corte disipada, precursora de la esplendente época victoriana. Dickens había nacido ya. Bello se movió en el Londres de Dickens, en esas calles bullentes de miserables, de borrachos, de prostitutas, de pickpockets, de lords y de damiselas, de emigrados franceses horrorizados por la guillotina, de jugadores y de comerciantes”.

 

Ese Londres contradictorio, cuya población sobrepasaba el millón y medio de habitantes y cuya iluminación pública asombraba a los visitantes, fraguaba sin embargo un grupo de hombres que en pocos años, elevarían a Gran Bretaña a la cima del poder mundial, bajo la dirección de Victoria, cuyo nacimiento ocurriría 9 años después de llegar Bello a la ciudad destinada a convertirse en la capital del mundo, en la segunda mitad del Siglo XIX.

 

Durante sus diecinueve años en Londres, Bello sería testigo de enormes acontecimientos históricos, como el auge y caída de Napoleón Bonaparte, la restauración monárquica en Europa bajo la dirección de Matternich –que restituyó en España la corona a Fernando VII, que tanto decepcionaría a los americanos-, el ocaso definitivo del poder peninsular en las tierras de América y el nacimiento de las nuevas repúblicas, el fracaso de la anfictionía bolivariana, cuya partida de muerte se firma en el fracasado Congreso de Panamá de 1826 y la vorágine anárquica en la que se precipitarían los nacientes Estados surgidos de la emancipación.

 

Pero eran también tiempos de avances científicos y tecnológicos que auguraban una mejoría en la calidad de vida. Así, por ejemplo, en 1818 se instala el alumbrado a gas en París, y al año siguiente, el vapor “Savannah” realiza la primera travesía de un barco de ese tipo entre un puerto americano y otro inglés, mientras Beethoven, Berlioz y Mendelsohn se encuentran en plena producción.

 

Hacia 1825, Bello ya se había retirado de la Legación de Chile. La desconfianza de Mariano Egaña todavía no cedía. Su labor intelectual no cesaba sin embargo, y había intervenido en la publicación de “El Censor Americano”, que sólo tuvo un tiraje de cuatro números. Colaboraría luego con “La Biblioteca Americana”, que tuvo dos números. Se trataba de publicaciones que abordaban la política, la geografía, las ciencias y la cultura de América.

 

En 1826 y 1827, publica Bello, junto a García del Río, el “Repertorio Americano”, que alcanzó a cuatro números. En el primero, incluye la silva sobre “La agricultura de la zona tórrida”, obra que supura nostalgia por la tierra americana. Publica también su “Alocución a la Poesía”, en la que –en palabras de Orrego Vicuña- “se muestra con esplendor su estro poético”.

 

Ambas composiciones eran sólo fragmentos de una obra mayor, que pensaba escribir bajo el título de “América”, proyecto que en definitiva no podría materializar. La primera es un canto a la agricultura tropical, “…una visión magnífica de las tierras cálidas, un himno a lo autóctono, al mundo americano que despliega ante los ojos del extranjero todas las seducciones de su suelo virgen aún, el sabor de lo ignoto y la atracción de lo pródigo. “La Alocución a la Poesía” es un poema en homenaje a los tiempos de la independencia y a los héroes nativos.

 

Por los versos de Bello desfilan San Martín, Bolívar y Miranda, Caupolicán y Manco Cápac.”. De aquellos años, son también su “Himno de Colombia”, dedicado a Bolívar y después, su “Canción a la disolución de Colombia”, composición en la que vuelca su dolor ante el derrumbamiento de la obra magna de Bolívar.

 

El 7 de febrero de 1825, asume como secretario de la Legación de Colombia. Sin embargo, el encargado de la Misión, Manuel José Hurtado, no simpatizaba con Bello, a consecuencia de las ideas monárquicas que el último había preconizado. La situación no era nada grata, además, porque las remuneraciones no se le pagaban regularmente. La situación cambia con la designación como nuevo Ministro del poeta José Fernández Madrid, excelente amigo de Bello. En aquel momento –corría el año 1827-, insta a Bolívar para que lo llame a servir junto a él. Después de 15 años en Europa, el deseo de retornar a tierra americana se acrecienta. Pero no será Colombia quien obtenga sus servicios.

 

Egaña, extinguida su renuencia inicial para con Bello, propone al gobierno chileno, el 10 de noviembre de 1827, que se le contrate en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En su comunicación al ministro del ramo, el presbítero José Miguel Solar, destaca Egaña, entre otros méritos del caraqueño, su “educación escogida y clásica, profundos conocimientos en literatura, posesión completa de las lenguas principales, antiguas y modernas, práctica en la diplomacia, y un buen carácter, a que da bastante realce la modestia.”

 

En aquel tiempo, nada se hacía muy rápido. Sólo el 15 de noviembre de 1828, Miguel de la Barra transcribe a Bello la aceptación del gobierno de Chile, que presidía Francisco Antonio Pinto, que había cultivado amistad con Bello durante su estada en Inglaterra. Bello aceptó y se le proporcionaron 300 libras para el viaje, entregándole Mariano Egaña una recomendación para su padre, Juan Egaña, propietario del lugar en el que hoy nos encontramos, para que recibiera a Bello y su familia, con la “antigua cordialidad y llaneza chilenas”.

 

Su remuneración ascendería a 1.500 pesos anuales, que correspondía al sueldo de los oficiales mayores o subsecretarios de ministerio. Entretanto, Bolívar, recordando cuando ya era tarde su antigua amistad, pensó en nombrarlo ministro en Estados Unidos. El ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Revenga, expresaba a Bello por su parte: “véngase usted a nuestra Colombia, mi querido amigo; véngase usted a participar de nuestros trabajos y de nuestros escasos goces. ¿Quiere usted que sus niños sean extranjeros al lado de todos los suyos y en la misma tierra de su padre? Esfuerzos vanos, pues Bello ya se encontraba en viaje a Chile.”

Continuará…

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