SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (XI)

“El devenir de los pueblos se teje con una lógica que escapa con frecuencia al entendimiento de los hombres. En no pocas oportunidades, el derrotero de un país queda condicionado por la irrupción de una figura descollante, que para bien o para mal, marca a fuego el destino de aquél.”

Publicado el Juéves, 11 de Marzo de 2021.
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SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (XI)

                                                             Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                                             Profesor de Derecho Civil U. de Chile


“En 1842, el presidente Bulnes confía a Bello y a Manuel Montt organizar la Universidad de Chile. Ella será la continuadora de la primera universidad chilena, la de San Felipe, extinguida por un decreto de Mariano Egaña en 1839. En sus primeros veinte años, funcionaría en el terreno que hoy ocupa el Teatro Municipal, para trasladarse después a su actual emplazamiento.

 

Vale la pena detenerse en los nombres de los decanos y sub decanos que Bulnes, Montt y Bello escogieron para la naciente universidad: Filosofía y Humanidades, Miguel de la Barra y Antonio García Reyes; Ciencias Matemáticas y Físicas, Andrés Antonio Gorbea e Ignacio Domeyko; Medicina, Lorenzo Sazié y Francisco Javier Tocornal; Leyes y Ciencias Políticas, Mariano Egaña y Miguel María Güemes; y Teología, presbíteros Rafael Valentín Valdivieso y Justo Donoso. Secretario general fue elegido el poeta Salvador Sanfuentes. Y a la cabeza de todos ellos, un venezolano que había arribado al país catorce años atrás.

 

Bello, refiriéndose a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas, diría en su discurso inaugural: “A la facultad de leyes y ciencias políticas se abre un campo el más vasto, el más susceptible de aplicaciones útiles. Lo habéis oído: la utilidad práctica, los resultados positivos, las mejoras sociales, es lo que principalmente espera de la universidad el gobierno…” En una ceremonia llena de brillo y solemnidad, con un aparato digno de la época colonial, el 17 de septiembre de 1843 se inaugura la universidad. En su discurso, Bello subrayará la importancia de instruir al pueblo: “…soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el Gobierno; como una necesidad primaria y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas.”

 

Por cierto, como una señal de increíble miopía, dos veces, en los años siguientes a su fundación, se intentó abortar con la naciente institución universitaria. En efecto, los diputados conservadores (en 1845) y los liberales después (en 1849), pidieron la supresión del presupuesto asignado a la Universidad, por estimarlo “inútil e injustificado”. Como fracasaren en su intento, se propuso reducir sus gastos, declarando ad honores al personal ejecutivo. Afortunadamente, el Senado rechazó esta absurda iniciativa. No en balde, Bello formaba parte de este cuerpo, e influyó en la decisión con su oratoria y prestigio.

 

Los afanes de bello, no se circunscribían, sin embargo, sólo a la enseñanza superior. Abogaba por extender la enseñanza primaria, que presentaba en la época un panorama desolador. En 1848, iba a la escuela primaria en Chile un habitante por cada 45142. En los primeros años del gobierno de Montt, de un total de 215.000 niños, sólo recibían enseñanza elemental 23.131. A mediados del siglo diecinueve, era Chiloé la región que mejor promedio tenía en esta materia, con una escuela para cada 118 niños, mientras que la situación más desastrosa se presentaba en Colchagua, con una escuela para 668 niños.

 

Mucho antes que Domeyko, Sarmiento y Montt, abogaría Bello por la necesidad imperiosa de establecer escuelas normales para preceptores, con el objeto de uniformar y mejorar la educación elemental. “¿Qué haremos –se preguntaba- con tener oradores, jurisconsultos y Estadistas, si la masa del pueblo vive sumergida en la noche de la ignorancia?”. Como dice Encina, Bello fue el inspirador, mientras que Sarmiento y Montt, serían los realizadores. Esta prédica de Bello afortunadamente no caería en balde. Si al comenzar el gobierno de Montt había 571 escuelas de enseñanza primaria, al concluir el número se elevaba a 911 escuelas.

 

Por aquellos años, habían obtenido refugio en Chile importantes intelectuales argentinos, huyendo de la dictadura de Rosas y de los caudillos del interior. Destacan entre ellos Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez.

 

Entrarán en una célebre polémica con Bello. En efecto, éste encarnaba la tradición literaria europea, y sostenía la necesidad de estudiar el idioma castellano y su gramática y completar tal estudio con el latín y los clásicos, imprescindibles, decía, para cualquier joven que quisiere abrazar la carrera literaria. Sarmiento y sus compatriotas, por su parte, enrostraban a los jóvenes escritores chilenos una esterilidad provocada, supuestamente, por la disciplina a que Mora y después Bello los habían sometido, al imponerles el estudio del idioma y de los modelos clásicos.

 

Los argentinos desdeñaban este estudio de los clásicos y del idioma, que consideraban no sólo disciplinas inútiles sino que además dañinas, pues mataban en germen la personalidad espontánea, fiándolo todo a las dotes naturales. Bello, en respuesta, señalaba que por el camino propuesto por los trasandinos, el del menor esfuerzo, dentro de poco desaparecería el hermoso idioma de Cervantes, y sería reemplazado por dialectos bárbaros y que por este procedimiento jamás llegaría el genio hispanoamericano a producir obras maestras.

 

Aunque algunos de los argumentos de los jóvenes argentinos nos parecen fundados, la balanza se inclina en esta disputa a favor de Bello, por la sencilla razón que la creación artística, ha de estar necesariamente precedida por una sólida formación intelectual. En esa misma dirección, planteaba Bello que el estudio de la Historia debía privilegiar la investigación en las fuentes, antes que lanzarse a redactar ensayos histórico-filosóficos. En 1848, decía Bello: “¡Jóvenes chilenos!, aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la independencia del pensamiento. Bebed en las fuentes… Leed el diario de Colón, las cartas de Pedro de Valdivia, las de Hernán Cortés, Bernal Díaz…”

 

Bello se daba tiempo incluso para traducir obras de teatro, como lo hizo con “Teresa”, de Alejandro Dumas, que interpretada por la célebre actriz Aguilar, causó sensación en Santiago.


En las postrimerías del gobierno de Bulnes, hacia 1850, se había instalado Bello y su familia en una casa sita en el número 100 de la calle Catedral. Bordeaba ya los setenta años, pero no se extinguía su dedicación al trabajo. Paulino Alfonso lo describe en su sala de trabajo, un aposento rodeado de estantes colmados de libros, donde escribía en la silenciosa compañía de un gato romano, entre blanco y plomo, que era tolerado sobre el escritorio, comía con su amo y acostumbraba dormir a sus pies sobre una piel que había bajo el sillón y la mesa. Será en aquellos años en los que culminará su obra más elogiada, el Proyecto de Código Civil.

 

En 1849, resulta elegido como diputado su hijo Juan Bello Dunn. Este hijo del segundo matrimonio de Bello, sería el causante de la famosa frase de Lastarria en el Congreso. En efecto, José Joaquín Vallejos Borkoski, escritor copiapino talentoso y satírico, más conocido como “Jotabeche”, se opuso en una sesión de la Cámara a la elección de Bello, alegando que era un extranjero, nacido en Londres, de madre inglesa y padre venezolano. Lastarria, discípulo de Bello y todavía no distanciado de éste en aquellos años, defendió al hijo de su maestro, ante lo cual “Jotabeche” aludió con ironía a la inteligencia de Lastarria, viniendo de inmediato la réplica de éste, confirmando sin falsa modestia su inteligencia y agregando para disipar las dudas: “tengo talento y lo luzco”.

 

A propósito del distanciamiento de Lastarria de su antiguo maestro, por las razones que más adelante indicaremos, varias personalidades del ámbito liberal, opositores al gobierno, reprochaban a Bello cierta obsecuencia con el régimen. En verdad, estas críticas nos parecen injustas. Bello creía de verdad que lo mejor para el país era continuar con el gobierno conservador. Su temperamento estaba lejos de entusiasmarse con utopías revolucionarias que habrían hecho retroceder el estado de las cosas a los días previos a Lircay.

 

Para un temperamento tan hispánico como el de Lastarria, Bello era tímido y retrógrado. La explicación podríamos encontrarla en los años londinenses, que habían moldeado un carácter flemático, muy ajeno al común de nuestros políticos de la época (y de ésta también). Bello, practicaba a fin de cuentas las reglas inglesas de la conversación: no exhibir principios personales categóricos, no contradecir y aparentar respeto por las ideas contrarias.

 

Los mayores sinsabores para Bello se los provocarían, precisamente, jóvenes liberales. Al poco tiempo de asumir la rectoría de la Universidad, el alumno de leyes Francisco Bilbao (discípulo de Lastarria) publica en el diario “El Crepúsculo” un libelo titulado “Sociabilidad chilena”, que constituía un virulento ataque a la Iglesia y a la estructura política y social. El autor fue acusado de blasfemo e inmoral y condenado a pagar una multa o prisión en caso contrario. El escándalo que causó la publicación fue mayúsculo. Bilbao, enfrentando al fiscal, le apostrofó ser un retrógrado, y él, en cambio, un innovador.

 

Aunque su alegato digno de Zolá dejó más bien fríos a los hombres de toga, suscitó el entusiasmo de un sector de la juventud santiaguina, que erigió a Bilbao como un héroe, paseándolo en hombros por las calles principales de la capital. En medio de tales efusiones, el bisoño apóstol, embargado por las emociones y ahogado por los abrazos, sufrió incluso un desmayo. Aunque el episodio tenía más de corso que de tragedia romana, era insoslayable la reacción de la autoridad.

 

Reunido el Consejo de la Universidad, a petición de Egaña aunque con la repugnancia decidida de Bello y Gorbea, dictaminó que Bilbao no podía continuar sus estudios de Derecho, siendo expulsado. Al tiempo, Lastarria, profesor de derecho público, leyó su monografía sobre la –a su juicio- influencia funesta que la Conquista y la Colonia habían legado a la República. Esta segunda publicación se consideró un refuerzo de las ideas de Bilbao y eclipsó la amistad entre Bello y Lastarria. A pesar de este distanciamiento de los jóvenes liberales, Bello “se hizo querer y respetar de los hombres de talento contemporáneos que lo trataron, no importa el credo que tuvieran”.

 

El propio Bilbao, escribirá conmovedoras cartas a Bello, con motivo de las muertes, implacablemente seguidas, de sus hijos Carlos, Francisco y Juan. En una carta le dice Bilbao a Bello: “Desde París, os escribí por la muerte de Francisco; desde Lima cuando murió Carlos; y hoy desde Buenos Aires, por Juan, mi amigo y compañero, la alegría de nuestras reuniones juveniles, amado de todos, inteligencia luminosa, corazón profundo de ternura, encanto de nuestras horas de solaz, por su sinceridad, su brillo y su entusiasmo. En la virilidad de su genio y de su edad ha sucumbido.”

 

¿Cómo era un día cualquiera de Bello? Se levantaba de madrugada, probablemente entre las cinco y las seis, con las primeras luces. En la mañana, trabajaba en su gabinete privado, y entre las nueve y diez, almorzaba. Después, se dirigía al Ministerio de Relaciones Exteriores. En la tarde, si había sesión, que normalmente se realizaban de una y media a cuatro, se dirigía al Senado. Después, a casa, donde la comida se servía a las cuatro y media en invierno y a las cinco en verano, para rematar el día, con un paseo por la Cañada o Alameda de O’higgins, paseo en el que solían acompañarlo amigos, discípulos y algunos de sus hijos. De regreso, se acostaba muy temprano. Si el tiempo no permitía pasear, pasaba del comedor al escritorio, entregándose a la lectura. Leía de todo y a todas las horas posibles. En ocasiones, las tardes se veían interrumpidas por la visita de amigos íntimos, como Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana, Manuel Antonio Tocornal y José Victorino Lastarria y más espaciadamente, Benjamín Vicuña Mackenna.

Continuará...

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