CÓMO SE PREVIENEN LOS DELITOS IV

Cesare Beccaria Bonesana

Publicado el Viernes, 07 de Febrero de 2020.
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     CÓMO SE PREVIENEN LOS DELITOS

Texto de Cesare Beccaria Bonesana

Obra: DE LOS DELITOS Y DE LAS PENAS

Introducción y nota al pie por Abg. Rafael Medina Villalonga

Sirve esta nota para continuar difundiendo el conocimiento y la sabiduría encerrados en las páginas de la maravillosa obra de Cesare Beccaria Bonesana. Si nuestros legisladores y nuestros jueces leyeran, o mejor: estudiaran y comprendieran el significado y alcance de los principios y conceptos vertidos en ella – hace más de 250 años - se abrirían las puertas a la seguridad jurídica, a la justicia, reina de todas las virtudes como la calificó Simón Bolívar, a la paz social, a la democracia y al bien común que tanto anhelamos los venezolanos en esta hora menguada que vive nuestra sociedad toda.

 

Sólo falta la seriedad que dimana de la madurez. Que a quienes les ha tocado dirigir los destinos de la nación venezolana en estos días aciagos, lleguen a comprender la gravedad de la responsabilidad que les ha tocado en suerte y dejen de actuar como niños a quienes se compra su voluntad con unos caramelos, aunque esos caramelos sean miles o millones de dólares, con los que los tientan los malhechores que han corrompido todos los estratos de nuestra sociedad.

 

Ciudadanos dirigentes, la Providencia los ha encargado de velar por el bienestar de la gran mayoría de sus conciudadanos inocentes, ingenuos, que no tienen las herramientas del conocimiento y la sabiduría para proveer a sus propios intereses por ellos mismos. Vuestra responsabilidad, vuestra tarea, en estas horas oscuras es razonar y actuar como el adulto para ejercer la responsabilidad de dirigir los destinos de nuestra nación como un “Buen Padre de Familia”.

 

Hay que acabar con la “viveza criolla”, con la coima, la matraca, el pónganme donde “Haiga”, el “cuanto hay pa’ eso”. Es la hora de la seriedad, del esfuerzo creador, de la remuneración justa por un trabajo bien hecho, del premio al mérito y del castigo al desmedro, al estropicio, a la mala conducta y a la violación a las leyes, a la moral y a las buenas costumbres. ¡Basta de padrinazgos para acceder a un cargo en la cosa pública!

 

Con el permiso del maestro Rómulo Gallegos, parafraseamos la frase última de su inolvidable “Doña Bárbara”:

¡Tierra venezolana, propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera!

 

He aquí la sabia opinión del autor sobre “Cómo se previenen los delitos”.

¡Buen provecho!

IV

No es verdad que las ciencias sean siempre dañosas para la humanidad; y aunque lo fueran, sería un mal inevitable para los hombres. La multiplicación del género humano sobre la faz de la tierra introdujo la guerra, las artes más rudimentarias, las primeras leyes, que eran pactos momentáneos que nacían con la necesidad y con ella perecían. Esta fue la primera filosofía de los hombres, cuyo escaso contenido era suficiente, porque la indolencia y la poca sagacidad los preservaba del error. Pero las necesidades se multiplicaban cada vez más al multiplicarse los hombres. Eran, pues, necesarias impresiones más fuertes y más duraderas que los disuadiesen de sus reiterados retornos al primitivo estado de insociabilidad, que se hacía cada vez más funesto. Hicieron, pues, gran bien a la humanidad (quiero decir gran bien político) aquellos primeros errores que poblaron la tierra de falsas divinidades, y que crearon un universo invisible regulador del nuestro. Fueron benefactores de los hombres aquellos que osaron sorprenderlos y arrastraron a los altares a la dócil ignorancia. Presentándoles objetos situados más allá de los sentidos, objetos que huían delante de ellos cuando creían alcanzarlos, objetos nunca despreciados porque nunca fueron bien conocidos, reunieron y condensaron las divididas pasiones en un solo objeto que llenaba su atención cumplidamente. Estos fueron los primeros cambios en todas las naciones que se formaron a partir de pueblos salvajes; esta fue la época de la constitución de las grandes sociedades, y este fue su vínculo necesario y quizás único. No hablo de aquel pueblo elegido de Dios, en el cual los milagros más extraordinarios y las gracias más destacadas ocuparon el lugar de la humana política. Pero como quiera que es propio del error el subdividirse hasta el infinito, las ciencias que de él nacieron hicieron de los hombres una fanática multitud de ciegos, que en un laberinto cerrado chocaban y se perturbaban de tal modo que algunos espíritus sensibles y filosóficos sintieron envidia incluso de aquel antiguo estado salvaje. Así fue la primera época, en la cual los conocimientos –o mejor dicho lo que se tenía por tales- fueron perjudiciales.

 

La segunda consiste en el difícil y terrible tránsito de los errores a la verdad, de la oscuridad no conocida a la luz. El choque inmenso de los errores (útiles a unos pocos poderosos) contra las verdades (útiles a los numerosos débiles), la proximidad y el fermento de las pasiones que se despiertan en tal ocasión, produjeron infinitos males a la mísera humanidad. Cualquiera que reflexione sobre las historias de las naciones –que a lo largo del tiempo se asemejan en cuanto a sus épocas principales- encontrará muchas veces una generación entera sacrificada a la felicidad de las que la siguieron en el luctuoso pero necesario tránsito desde las tinieblas de la ignorancia a las luces de la filosofía, y desde la tiranía a la libertad, que son sus consecuencias respectivas. Pero cuando, calmados los ánimos y extinguido el incendio que ha purgado a la nación de los males que la oprimían, la verdad –cuyos procesos son lentos al principio y después acelerados- se asienta como compañera en el trono de las monarcas y recibe culto y altar en los parlamentos de las repúblicas, ¿quién podrá afirmar que la luz que ilumina a la multitud sea más sañosa que las tinieblas, y que las verdaderas y sencillas relaciones de las cosas, bien conocidas por los hombres, les sean funestas?

 

Nota: Esta obra fue publicada por primera vez en 1764, en Livorno, Italia. Quien reproduce este fragmento no ha agregado ni intervenido o modificado su redacción en cuanto a sintaxis u ortografía. La traducción es de FRANCISCO TOMÁS Y VALIENTE, catedrático de la Universidad de Salamanca, España. Es edición española de “aguilar s a de ediciones” 1969; primera edición-cuarta reimpresión- 1982. Págs. 183 – 185.

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