SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (III)

“Parte de este trabajo se expuso en una “Jornada en Homenaje a don Andrés Bello”, con motivo del sesquicentenario de la promulgación del Código Civil..."

Publicado el Lunes, 11 de Enero de 2021.
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SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ

                                                                                         Dr. Juan Andrés Orrego Acuña

                                                                                         Profesor de Derecho Civil U. Chile

(III)

Corría el año 1802. Aquellos últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, eran sin embargo años turbulentos en el mundo, y los vientos emancipadores comenzaban a soplar con fuerza en tierra americana. Y uno de aquellos llamado más adelante a ocupar el primero entre todos los lugares destinados a los héroes de la independencia de los pueblos del continente, Simón Bolívar Palacios, se encontraría con Andrés Bello en una singular encrucijada. Ocurre que el preceptor de Bolívar, don Simón Rodríguez, habíase envuelto en un complot contra la Corona, dirigido por los criollos José María España y Manuel Gual. Rodríguez huyó de las autoridades, evitando el apresamiento seguro. Era imprescindible, entonces, buscar un nuevo maestro al joven Bolívar. Éste, a diferencia de Bello, era vástago de una de las familias más ricas de Venezuela. Algo menor que Bello – había nacido en Caracas el 24 de julio de 1783-, no se había mostrado especialmente receptivo a los estudios, pero sí había hecho suyo el torrente de ideas rebeldes que brotaba de la verba apasionada de su antiguo maestro Rodríguez, quien, además, no estaba interesado en aplicar en su discípulo los métodos pedagógicos tradicionales.

 

En verdad, el joven alumno poco y nada había aprendido con su maestro Rodríguez. Es en esta instancia, en la que la familia Bolívar se fija en Andrés Bello como nuevo maestro. Refiere Campos Menéndez que el tío de Simón, Carlos, quien hacía las veces de cabeza de la familia, “pensó que un joven de la edad de Simón, que fuera, ante todo, amigo y compañero, le inculcaría, tal vez, algunos conocimientos de la enseñanza positiva y elemental, que el maestro Rodríguez ni siquiera había insinuado. Nadie más indicado, entonces, para esta difícil tarea, que el hijo del abogado Don Bartolomé Bello y de la bondadosa Doña Antonia López. Otras familias patricias lo tenían como pasante de las “ovejas negras?, que abundaban entre los “mantuanos? de Caracas.

 

Así las cosas, el joven Andrés se había hecho de un incipiente prestigio docente, y se le tenía como un especialista en enderezar a jóvenes ricos y díscolos de las principales familias caraqueñas. Pero era plausible que la cercanía en las edades, -apenas dos años los separaban-, hiciera nacer entre ambos la amistad. Lo que no resultaba óbice para que Bello, que se distinguía por su aplicación al estudio y evidente talento, se dispusiere seriamente a enseñarle a Simón geografía, matemáticas y cosmografía.

 

Aplicaba en aquella época Bello, muy a la usanza, el método peripatético. Avanzaban las lecciones al compás de paseos por los alrededores de Caracas, donde los jóvenes echaban a volar su fantasía, bajo el follaje de los grandes samanes, soberanos majestuosos de la comarca.

 

Pero el joven profesor no recibía estipendios muy elevados. Se dice que jamás cayó un solo real en los bolsillos de su único y raído traje. Su mejor premio estaba en la satisfacción de enseñar, aunque sus alumnos, y entre ellos el propio Bolívar, las más de las veces tuvieren su mente en la esfinge de una hermosa caraqueña antes que en los problemas planteados por Pitágoras o Euclídes. Pero si bien su alumno no era especialmente aplicado en los estudios, sí sabía agradecer los esfuerzos que desplegaba para él Andrés.

 

Es fama que grande fue la sorpresa del maestro, cuando un día, al llegar a su casa, encontró cuidadosamente doblado en impecables pliegues, una elegante vestimenta que su discípulo Simón le enviaba en pago de lecciones no aprendidas.

 

Mientras, Bello continuaba con su trabajo en la administración. La eficiencia con que lleva a cabo su labor, hace que el Gobernador le recomiende al Rey Carlos IV, de quien obtiene, por real cédula del 11 de octubre de 1807, el nombramiento de Comisario de guerra honorario, grado que correspondía al de teniente coronel de milicias. Paralelamente a sus funciones como secretario de la Gobernación, el 26 de octubre de 1807, se le designa, ad-honorem, Secretario de la Junta Central de Vacuna.

 

Observamos, como Bello avanza paulatinamente en su carrera en la administración del Estado indiano, fruto de su esfuerzo tesonero y capacidad indesmentible. Dicho ascenso se verá interrumpido, sin embargo, con el colapso del régimen en todo el continente.

 

¿Cuál sería el aspecto de Bello por aquellos años? Edwards Bello, lo imagina como un joven de tupida cabellera, de grandes ojos claros, pálido y muy delgado, que se destroza los dedos frotándolos unos con otros, sólo y mortificado, en una plaza oscura de Caracas. La perfecta imagen, agregamos nosotros, de un héroe salido de las páginas de Víctor Hugo o de Lord Byron.

 

En cuanto a los asuntos del corazón, Miguel Luis Amunátegui refiere que por estos años, Bello habría estado enamorado de María Josefa de Sucre, hermana mayor del futuro Mariscal y vencedor de Ayacucho, “dama de gran belleza y aptitudes” y con un destino trágico, como correspondía a una época romántica: detenida en 1814 por los realistas, huye y se refugia en La Habana. En 1821, cuando navegaba hacia Cumaná para asistir a un bautizo, el barco se hunde, pereciendo María Josefa en el naufragio.”

Continuará…

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