¿POR QUÉ FREUD “CASTRÓ” A
LA SUEGRA DE ISABEL II?
19 DE SEPTIEMBRE 2020
Por
Fátima Uribarri
“Los turcos ganan la guerra. Un grupo de oficiales toma el poder y exige la abdicación de Constantino I de Grecia. Al príncipe Andrés -hermano del rey- lo detienen, juzgan y condenan al destierro. Debe escapar con urgencia al exilio con su mujer, la princesa Alicia, y sus cinco hijos. Salen en su auxilio la Marina británica -que pone a su disposición el crucero HMS Calypso- y Marie Bonaparte -casada con Jorge, hermano de Andrés y dueña de una finca cerca de París-, que les ofrece cobijo. La familia sale a toda prisa: al pequeño Felipe, de 18 meses, lo transportan en una caja de naranjas como cuna improvisada y se embarcan hacia el exilio.
En Francia,
Alicia de Battenberg se dedica a obras de caridad, atiende una tienda benéfica
y se ocupa de sus hijos: Margarita, Teodora, Cecilia, Sofía y el pequeño
Felipe, quien más tarde se convertiría en Felipe de Edimburgo, consorte de la
reina Isabel II de Inglaterra.
Los días del
exilio en Francia fueron cruciales en la vida de la suegra de la reina de
Inglaterra. A partir de allí se torció su destino para siempre, quedó separada
de su familia y sufrió una cadena de calamidades que, cuando se conocen ahora,
ponen los pelos de punta.
Tirada en el suelo.
Todo comenzó con
su interés por la espiritualidad y la admiración que sentía hacia su tía Ella.
Alicia de Battenberg tenía sangre azul por los cuatro costados: era una
princesa británica (bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra);
su padre era Luis de Battenberg; su madre, Victoria de Hesse; y estaba
emparentada también con el zar de Rusia. Su querida tía Ella era Elizabeth
Feodorovna, hermana de la zarina Alejandra, mujer de Nicolás II.
Alicia admiraba a su tía Ella
por su profunda religiosidad: había fundado un convento ortodoxo en Moscú y fue
asesinada por los bolcheviques en 1918. En Francia, Alicia se obsesiona con la
fe, se convierte a la religión ortodoxa y pasa muchas horas absorta en sus
rezos. Su familia empieza a preocuparse cuando ven que Alicia está horas en el
suelo rezando. Cuando cuenta que está recibiendo mensajes directos de
Jesucristo y que incluso se ha convertido en su esposa, se alarman.
Llaman a su ginecólogo griego, el doctor Louros, por si se
tratara de trastornos provocados por la premenopausia: Alicia tiene 44 años.
Louros fue el primero en diagnosticar a Alicia de psicosis. Marie Bonaparte,
amiga de Sigmund Freud y psicoanalista
ella misma, pide ayuda a Freud y este recomienda el traslado de Alicia a la
clínica Schloss Tegel en Berlín. A Alicia la engañan para que acceda a ingresar
en el sanatorio. El doctor Louros -hombre de su total confianza- le susurró al
oído «el señor Jesucristo, vuestro marido, recomienda que pases una temporada
allí».
Alicia ingresó en aquel centro psiquiátrico puntero regentado
por Ernst Simmel, uno de los creadores del concepto de neurosis de guerra y
buen colega de Freud. Allí le diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Simmel
consultó a Freud sobre el caso de Alicia de Battenberg y fue él quien aconsejó
que sometieran sus ovarios a una intensa radiación con rayos X.
Ahora es una
barbaridad, una tortura innecesaria, pero entonces no se veía así. A Alicia de
Battenberg la ‘castraron’ para ‘rejuvenecerla’, para que recobrara el ánimo y
las fuerzas y desaparecieran sus delirios. Eso sostiene Dany Nobus, profesor de
Psicología Psicoanalítica en la Universidad de Brunel de Londres en su artículo La
locura de la princesa Alicia; Sigmund Freud, Ernst Simmel y Alicia de
Battenberg en Kurhaus Schloss Tegel, donde analiza la historia
clínica de la princesa.
La
esterilización que realizaron a Alicia de Battenberg la ideó el fisiólogo
vienés Eugen Steinach, un hombre de gran prestigio en su época, mucho más
famoso entonces que Freud. Al principio fue una técnica meramente masculina: se
trataba de una vasoligadura de los conductos deferentes, precursora de la
vasectomía. Steinach era un estudioso de los procesos biológicos del desarrollo
sexual. En 1912 informó de que las ligaduras de los conductos deferentes
realizadas a ratas ancianas provocaban la destrucción de las células germinales
de los testículos y provocaban la proliferación de hormonas. En
pocas semanas, las ratas que estaban aletargadas, delgadas y casi sin vida se
volvieron activas, aumentaron de peso y recuperaron el interés sexual.
Habían rejuvenecido.
El procedimiento
se hizo muy popular como un exitoso método de rejuvenecimiento. Muchos se
sometieron a él; entre otros, el poeta William Butler Yeats y el mismísimo
Sigmund Freud. Estaban convencidos de que era una técnica curativa y
rejuvenecedora. Yeats se esterilizó a los 69 años y confesó que la experiencia
había tenido en él efectos positivos: estimuló su creatividad y su deseo
sexual. Freud se sometió a esta intervención a los 67 años: tenía cáncer de
boca y esperaba que la esterilización frenara su enfermedad, cosa que no
sucedió.
La prueba de
Steinach en el caso de las mujeres se realizaba mediante la exposición de los
ovarios a rayos X de alta intensidad. Steinach no era un chiflado, sino un
prestigioso investigador que fue nominado en seis ocasiones al Premio Nobel de
Fisiología, entre 1921 y 1938. A Alicia de Battenberg la esterilizaron con
buenas intenciones, pero para ella resultó fatal: le provocó una menopausia
temprana y fue un tormento inútil. Según Dany Nobus, Freud -que nunca trató en
persona a la princesa ni supervisó su intervención- recomendó esa terapia
porque «Freud no creía que los pacientes psicóticos pudieran ser tratados
psicoanalíticamente». Y le interesaban mucho los efectos de las intervenciones
biológicas sobre la mente. En el caso de Alicia, además, la terapia mediante
psicoanálisis era complicada, pues era sorda de nacimiento, aunque, aun así,
logró leer los labios en cuatro idiomas.
Por Europa sin rumbo
La esterilización no sanó a
la princesa. Al contrario, Alicia estaba alicaída y débil. Cuenta Nobus que
ayunaba «como penitencia a sus graves pecados». Pobre Alicia. Su madre y su
marido decidieron su ingreso en el sanatorio Bellevue en Kreuzlingen (Suiza).
Para trasladarla, la sedaron sin su consentimiento. Se escapó varias veces, en
una de ellas casi lo logra, pero la atraparon en la estación de tren. Tras
pasar dos años y medio interna allí, finalmente su madre dio permiso para que
saliera.
Alicia se fue al
norte de Italia. Luego viajó. Pasó parte de la década de los años 1930 como
viajera sin rumbo fijo. Recorrió Europa sin que su familia supiera dónde
estaba. Sus hijas se habían casado con nobles alemanes, su hijo Felipe
estudiaba interno en Escocia y era tutelado por su tío Luis Mountbatten
(anglificación del apellido Battenberg) y su marido disfrutaba con su amante en
Montecarlo.
En 1937, la
familia se reunió debido a una tragedia: Cecilia, una
de las hijas de Alicia, murió junto con su marido y sus hijos en un accidente
de avión. Tras su funeral, Alicia de Battenberg regresó a
Atenas. Allí se hizo monja y fundó su propia orden: la Hermandad Cristina de
Marta y María, dedicada a ayudar a los más necesitados. Alicia fue vendiendo
sus joyas para sufragar los gastos.
¿Estaba loca? «Lo que está claro es que no encajaba en su
entorno. Y tampoco hay dudas de que padeció un colapso mental. Pero no estoy
convencido de que fuera psicótica», dice Dany Nubos. En su opinión, en el
colapso de Alicia tuvo que ver su madre, quien intervino quizá demasiado en la
vida de Alicia. Cuenta Nubos que poco antes de que la internaran en Berlín -en
1930- Alicia mantenía una relación amorosa con un inglés con el que compartió
encendida correspondencia erótica. Estaba muy enamorada. Parece que su madre lo
descubrió e intervino. «El colapso pudo ser una reacción contra la figura
abrumadora de la madre que la gobernaba constantemente», opina Dany Nubos. El
convertirse en monja fue una escapatoria práctica -cree este investigador-
porque de ese modo «podía ser la esposa de Cristo sin que la llamaran loca».
La Segunda Guerra
Mundial la vivió la princesa Alicia en Atenas. Escondió en su casa a la viuda
judía Rachel Cohen y a dos de sus hijos: su marido, Haimaki Cohen, había
ayudado a su suegro, Jorge I de Grecia, y Alicia correspondió jugándose la vida
al refugiar a los Cohen. Cuando la Gestapo hacía preguntas, Alicia se excusaba
de todo amparándose en su sordera. También le resultó de mucha ayuda conocer
perfectamente el alemán y tener yernos nazis.
Luego llegó la
guerra civil y Alicia continuó con sus labores caritativas, a pesar de los
tiros en las calles. Se dice que, cuando la alertaban del peligro, respondía:
«Creo que uno no oye el tiro que le mata y en cualquier caso soy sorda.
Entonces, ¿por qué preocuparse por eso?».
Su situación se
hizo más difícil con el golpe de Estado de los Coroneles de 1967. Entonces
accedió a mudarse a casa de su hijo: el palacio de Buckhingham. Resultaba
chocante ver en palacio a aquella monja que fumaba sin parar cigarrillos
baratos y muy fuertes.
En 1969, en
Buckhingham, murió esta princesa que también había nacido en un palacio, en el
de Windsor, en 1885. Alicia murió sin pertenencias: lo había donado todo. Pidió
ser enterrada con su querida tía Ella (santificada por la Iglesia ortodoxa) en
Jerusalén, en el monasterio de Santa María Magdalena, en el monte de los
Olivos. En 1994, Israel la nombró Justa entre las Naciones por haber protegido
a judíos. Su hijo Felipe viajó a agradecer el reconocimiento. Y la ensalzó en
su discurso. Pero no habla apenas de ella. Fue una madre poco común.”
Tomado de XLSemanal